miércoles, 13 de abril de 2011

Quiero viajar.

Yo quiero que en el techo de mi casa aterrice uno de esos aviones que todos los días pasa por el cielo llevando gente quién sabe a dónde. Yo quiero que me lleve allá y me traiga de vuelta.

Ojalá me llevara a una piscina o mejor al mar, donde yo pueda flotar o hundirme.

Y qué bueno sería que una vez estando ahí, medusas del cosmos vinieran a responder un par de preguntas a las que por más vueltas que les doy, no logro darles respuesta.

Y si ellas no saben cómo se hacen los objetivos específicos o cómo se delimita el marco teórico, que al menos me lleven hasta la orilla en donde un chamán o superman, viéndome a los ojos me diga que respire tranquila. Que, si bien esas respuestas se demoran en llegar, incluso más lento que seguro, ya llegarán. Y que no me vaya a preocupar si de pronto vienen de la mano de otras preguntas, que generalmente son traídas por pulpos, que eso es perfectamente normal.

Yo quiero que ese avión que todos los días pasa por el cielo llevando gente quién sabe a dónde me deje en la terraza de este edificio desde el que se ve todo, pero desde el que no se entiende nada. Sólo para ver si estando allá arriba, después de volver de ese viaje al que me lleve ese avión, entiendo algo.